14 de julio de 2016

Lean, Ford y Capra

   El cine ha sustituido a la música como el vehículo más rápido para cambiar un estado de ánimo. Al menos para mi generación. La imagen ha pasado a ser tan determinante que si bien una canción o un disco me pueden mover de un sentimiento triste a uno más alegre, el cambio será mayor, de más intensidad y más permanente si viene por medio de una película.
  Cada uno tendrá sus películas favoritas en este sentido. Y en cada etapa habrá tenido películas que le hayan servido más que otras. A mí personalmente, cuando ya tengo más canas que pelo negro, son tres las marcas de las películas que me hacen sentir bien: Lean, Ford y Capra. Adjunto fotogramas de 3 de las películas que me cambian el ánimo, pues si bien una mayoría, no todas me cambian, y siempre hay algunas que me animan más que otras.




Aunque bueno, en realidad lo que más me cambia el ánimo y me hace pasar de un estado triste a uno más alegre, es salir a la calle y que me dé el aire. O quedar con algún amigo. Pero para darme cuenta de ello, a veces, necesito pasar antes a visitar a alguno de estos sabios.

23 de mayo de 2016

Mochaladas 126


Ya que no podemos creer en la realidad europea, creamos en el sueño americano.

24 de marzo de 2016

Mochaladas 125


De las malas personas he aprendido muchas cosas, pero no les doy las gracias porque si no hubieran sido unas malas personas me hubieran enseñado cosas mejores.

20 de marzo de 2016

Route Irish - Ken Loach

Ken Loach es para mí antes de nada un director de cine excelente. Hay quien piensa que antes de nada es un director que reivindica, pero paren y pienses si antes de eso no es un director de cine excelente. No voy a dar nombres a modo de ejemplo. Servirían para crear una falsa polémica y dirigir el tema a Dios sabe qué derroteros. Ken Loach es repito sobre todo un excelente director de cine.
La temática social y de justicia es su favorita, como el suspense era el favorito de... ah, no, no, dije que no voy a dar ejemplos, y la comedia puede ser de otro director. Esto no cambia la cosa. Esto simplemente sería el árbol que no deja ver el bosque.
Asombra la edad de Ken Loach, 79 años, y la cantidad de películas excelentes que ha hecho en esa década en la que muchos ya están retirados, sin encontrar quién apoye su último proyecto. Ken obtiene el dinero y rueda.
Route Irish es un ejemplo excepcional de los males de la guerra. No es que tenga un afán reivindicativo con el que he conectado y que por ello, pienso que es una excelente película. Lo que pasa es que Route Irish es ficción, y a través de ella veo mucho mejor cosas que me cuentan los periódicos o cosas que simplemente imagino. Route Irish nos habla de la guerra de Irak, y menciona claro la de Afganistán. Dos guerras perdidas por Estados Unidos y Reino Unido, entre otros. Dos guerras ganadas por los talibanes, los terroristas y los más extremistas, dos guerras que han hecho que todo vaya a peor en estos años en esos países y en los que nos vemos afectados por ellos. Afganistán leí recientemente en un diario inglés es ahora más que nunca una excelente universidad de terroristas.
El acercamiento de Loach es claro, tiene una idea y la expresa. No cree que tenga que ser más ecuánime porque no se puede ser más ecuánime sencillamente. Hay veces que estando a un lado se es justo.
En Occidente cometimos dos errores, el primero empezar la guerra de Irak, el segundo no ganar la guerra de Afganistán. Ahora, esta película lo recuerda sin efectismos ni grandes imágenes. Esta película lo hace desde un caso sencillo de una familia iraquí y unos soldados ingleses.
Gracias a Loach tenemos un bonito ángulo de batalla. Pero sobre todo, y vuelvo al principio tenemos una buena película, entretenida, con sentimientos, con evolución en los personajes, que despierta interés, con momentos de humor, con calidad en cada escena. Es una película de un muy buen director. Que estés de acuerdo con lo reivindica y plantea es lo de menos.

17 de marzo de 2016

Cuento con pistola

Cuando el jefe empezó a decirnos cuándo cagar creímos que aquello había tocado fondo. Nunca le perdonaré que me obligara a casarme con Marita, la de las gafas de culo de botella, que era muy divertida, sí, pero más fea que un cardo borriquero y con la temperatura sexual de un donuts. A mí la que me gustaba era Flor, pero claro, se me veía mucho, lo que rompió toda posibilidad de que me ordenara casarme con ella. Ella tuvo que quedarse soltera y ser amante de Jesús, el supervisor de noche. 
Todo trancurría con normalidad. Cumplíamos el horario, seguíamos las instrucciones y obedecíamos cualquier orden que se nos diera por absurda u horrible que fuera. Un día tuve que matar a un perro. Se coló en el almacén y en vez de llamar a la perrera el jefe pensó que si yo lo mataba fortalecería mi carácter y así fue. 
Guardé la pistola en un sitio que nadie pudiera encontrarla después de matar al pobre animal y empecé poco a poco a poner resistencia a alguna de las órdenes que me daba. Lo hice por supuesto con buena educación, pero siempre mirando de un modo que dejaba claro que yo allí tenía parte del poder. El jefe sabía que la pistola había desaparecido. Y aunque al principio no le dio importancia, conforme vio que crecía mi indisciplina, empezó a poner a Marita, Flor e incluso a Jesús, el supervisor de noche, a buscar el arma. No aparecía, y poco a poco iba siendo yo el que daba las órdenes. Empezó como algo sutil. Si me decía que fuera a cagar le animaba a que fuera él. Incluso le convencí para que no pusiera pegas a mi divorcio de Marita. Pero aquello no me parecía suficiente. Le ordené que Flor dejara a Jesús y que fuera él, por contra, el que se acostara con el supervisor de noche. A partir de ahí la cosa fue sobre la seda. Todos hacían lo que yo quería y cuando yo quería. Los manejaba a mi antojo. Hasta que se coló un niño en el almacén.

10 de abril de 2015

Un capricho en Ikea


Me llamó la atención que no se resistieran pero supuse que tendrían razones para no hacerlo. Siempre he sido disciplinado en las filas de las tiendas, especialmente en Ikea, donde cuesta tanto llegar al final y estoy deseando salir,  así que no me acerqué a preguntar, aunque me llamaba poderosamente la atención que se pudieran comprar hombres, todos ellos provistos de su código de barras y su etiqueta de origen. Como digo, los hombres no objetaban nada, alguno incluso parecía feliz y miraba con deseo la bolsa de patatas fritas que había en el carro de su comprador. Pasaban por el lector de código de barras, el cliente ponía el pin de su tarjeta y se iban los dos juntos al coche o al sitio de perritos calientes y de helados que hay justo enfrente de las cajas. Otros iban al puesto de atención al cliente para entregas a domicilio y al lado de este vi también  algunos hombres que parecían estar haciendo una devolución y que ticket en mano se quejaban al empleado de niki amarillo de que el producto no era lo que prometía. Yo de pronto pensé en dar la vuelta y ver qué precio tenían. Me podría venir bien un hombre para cualquier cosa, no sé. Si estaba bien de precio ya le encontraría utilidad, pero como suelo  ceñirme a la nota,  me resistí. La fila no avanzaba, yo tenía mucho tiempo y pensé que no me había dado ningún capricho, y que un comprador de nota siempre ha de darse al menos un capricho. Pregunté a un empleado y me dijo en que sección podría encontrar lo que buscaba. Ya allí, por donde ya había pasado sin prestar atención, miré unos cuantos modelos y me gustaron. Pero elegí el más barato, por aquello de que nunca había tenido ninguno y porque a ese precio en vez de devolverlo, que era algo que me daba siempre mucha pereza, podría regalarlo, dejarlo en el trastero o simplemente deshacerme de él. Tomé nota de las referencias, fui a las filas donde podría encontrarlo, así como la ropa que vestiría y su documentación y lo puse todo en el carro.  Pagué en las cajas automáticas, le compré un perrito caliente y nos subimos al coche. No parecía agradecido y eso que le había sacado de una triste estantería de almacén y tampoco hablaba y eso que yo sacaba todo tipo de temas de conversación como fútbol, viajes e incluso el tiempo. Pero ni una palabra, aunque sé que me entendida porque había comprado uno que hablara español. Quizás los más baratos no hablan, pensé. Y recordé que había en la caja de al lado un cliente que hablaba con un hombre que  se parecía mucho al mío, así que deduje que era uno más caro.  Ya en casa lo dejé junto con las otras cosas y me puse a merendar. Él ya se había comido su perrito caliente, pero yo no me había comprado nada y estaba muerto de hambre, así que me puse a reponer fuerzas. Había sido una mañana dura. Muchas esperas, muchas filas, al final se van las horas sin darte cuenta y encima has comprado algo de lo que no estás seguro. Me tomé un café y me fumé cigarrillo, estaba intentando pensar con claridad. ¿Para qué narices había me comprado un hombre? ¿Por qué no me ceñí a la lista? ¿Me convertiría en un estúpido más del mostrador de devoluciones en unas horas, quizás en un día? Aún estaba a tiempo de devolverlo antes de que cerraran la tienda, pensé. Tenerlo en casa es un riesgo, me podría matar. Podría quemar la casa. Yo qué sé, cualquier salvajada. No le conocía. Había sido una compra estúpida. Le miré, entre las cajas de cartón, las copas de vino y la lamparilla de noche y le cogí del brazo dejando las otras cosas, abrí la puerta y le dejé ahí. Entré,  cerré y miré el reloj. Tenía tiempo de colocar la lamparilla de noche en su sitio y sacar las copas de vino y lavarlas para que estuvieran limpias para la noche. Con un poco de suerte al terminar todas esas tareas el hombre ya no estaría en la puerta. Pero ahí estaba, igual que lo dejé. Y la pereza de ir de nuevo a Ikea era mayor que la compasión que me provocaba. Así que, como tenía invitados en dos horas y no iba a dejar que un tonto capricho me estropeara los preparativos, lo bajé al cuarto de las basuras, abrí la puerta y allí lo dejé, entre los cubos, quieto. La cena fue estupenda y día siguiente, cuando bajé a echar las bolsas de la basura y tirar las botellas de vino vacías, ya no estaba. Y me alegré. No tendría que volver a IKEA y además alguien había  sacado provecho de mi errónea compra.

23 de agosto de 2013

Mochaladas 124

No hay que olvidar que una ciudad no es más que un pueblo que se ha empezado a llenar de gente.