20 de diciembre de 2010

"Física y química"

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Mochalada 80

¡Qué comunista eres, hija! Los pobres que sigan siendo pobres, ¿verdad, cariño?

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Mochaladas 79

Mi objetivo no es el dinero, pero no me importa que sea señal de mi éxito.

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Mochaladas 78

Lo abstracto no lo quiero ni en pintura.

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Mochaladas 77

Por mi doble nacionalidad tengo envidia de mí mismo.

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Mochaladas 76

Sólo hay dos tipos de actores: los buenos y los metódicos.

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Mochaladas 75

El fútbol debería ser un sinohayotracosa.

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Mochaladas 74

Amar significa no tener que decir nunca te quiero.

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Mochaladas 73

Únicamente conozco que no conozco ninguna cosa.

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Mochaladas 72

La política es la antítesis de la ficción.

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Mochaladas 71

Acorde con los tiempos, el comunista torna en llamarse "Manifiesto neoconservador".

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Mochaladas 70

Me gusta tanto lo concreto como lo absurdo.

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Mochaladas 69

El terrorismo es fundamentalmente publicidad engañosa.

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Mochaladas 68

No me importa que me atraquen si lo hacen con educación.

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Mochaladas 67

Encender la tele está bien. Apagarla es la hostia.

Mochaladas 66


Por estúpida que parezca una pregunta, no necesariamente deja de serlo.

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Mochaladas 65

Friqui es una palabra friqui.

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Mochaladas 64

Hablar por móvil es un poco querer estar en otro lado.

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Mochaladas 63

Cuando repetimos los errores de nuestros padres les estamos justificando.

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Mochaladas 62

De las opiniones, no, pero de los análisis de partido huyo lo más rápido que puedo.

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Mochaladas 61

Algo va mal cuando mi página web favorita es mi blog.

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Mochaladas 60

La mayoría de la gente es bastante dejemosloahí.

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12 de diciembre de 2010

Parida

  • Es distinto el viajero del consumista.
  • Obvio que es distinto, ¿crees que es manera de comenzar un escrito que interese?
  • Es distinto en cuanto que el consumista ve la ciudad, pero no a sus gentes.
  • ¿Crees que esto va a algún lado? Sinceramente, no lo veo.
  • Hay demasiados escaparates en la ciudad para que los consumistas vean otra cosa. Si salieran sin dinero ni tarjeta de crédito verían más ciudad y se volverían a sus ciudades de origen con otro sabor de boca.
  • Se volverían con hambre, porque si salen sin dinero ni tarjetas no van a poder comer.
  • En eso tienes razón.
  • No te quepa la menor duda.
  • Como iba diciendo, el viajero ve otra ciudad. El viajero puede hacerse incluso a la idea de que se va a quedar en esa ciudad, que va a conseguir un trabajo allí y que tiene que comprarse o alquilarse un piso.
  • Visto así.
  • El viajero no lleva rumbo. Camina por caminar. No tiene prisa. Quizás su vuelo salga esa misma noche, pero no tiene que decir hola a sus familiares en su ciudad de origen ese mismo día, con los regalos que comprará, sino que dirá adiós a todo con lo que se vaya cruzando en esa ciudad que ha sido suya durante un tiempo.
  • ¡Qué poético!
  • El consumista piensa en su maleta, en la devolución de las tasas en el aeropuerto, en qué hacer con los billetes y monedas que le quedan, en lo que ha comprado.
  • El viajero en lo que tiene.
  • En lo que le queda.
  • En la despedida.
  • En el adiós.
  • No, en el hasta luego.
  • Eso, en el hasta luego. Porque el viajero siempre piensa en volver.
  • El consumista volverá si se mantiene o mejora el tipo de cambio.
  • Eso.

Mochaladas 59

Resulta de mal gusto ir del brazo de una mujer que es la tuya.

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Internet

Por páginas como ésta merece la pena internet: http://correratodocorrer.blogspot.com/

Biografía

Tengo una necesidad imperiosa de escribir. No tengo nada que decir, ni nadie en concreto a quien quiera decirle nada. Es simplemente un deseo, como el de hacer algo porque sí, porque me da la real gana, o la gana a secas, no vamos a perder el tiempo ahora en adjetivos, porque no tengo ganas de escribir adjetivos, ni sin ellos, quiero escribir sin que nada interrumpa el mero hecho de hacerlo. Quiero hacerlo en letra pequeña, en el ordenador, en el trabajo, y quiero que mi compañera no se gire para mirar lo que estoy escribiendo. Que por qué. Creo que ha quedado claro en el comienzo de esto, porque sí, porque me apetece, me lo pide el cuerpo, como me pide tirarme un pedo, dar un beso, echar un eructo, cagar o hacer bla bla bla bla bla bla bla bla bla (censura), sí, quiero escribir, y no me importa qué piensen los demás de lo que escribo. O sí, tampoco es cuestión de que crean que no tengo la más remota idea de lo que es una subordinada adverbial de complemento directo, no es cosa de que crean que no sé el significado de la palabra perífrasis, ni de que crean que no he leído nunca a Luis Miranda Podadera (experto en gramática, autor de varios libros, misántropo, misógino y amante de las plumas estilográficas antes incluso de su propia invención. Luis Miranda Podadera venía de una familia humilde y se hizo a sí mismo a su imagen y semejanza, no sin antes pedir permiso a sus padres, que se encontraban en el salón escuchando la radio mientras él estaba con ésas. Este hecho, unido al de que a su madre se le pegara siempre el cocido, hizo de Luis un chico muy metido en sí mismo, que empezó a preguntarse sobre el origen de la gramática y la importancia del punto y coma en los párrafos cortos. Luis vivió una infancia infeliz por culpa de la erre, que no sabía pronunciar. Decía ere. Acomplejado, acudió a un logopeda, y dándole éste por imposible, se metió en sí mismo más todavía, y decidió comunicarse con los demás a través del lenguaje morse. Autor de varios libros. Murió).

Palabra

El diccionario de la Real Academia de la Lengua escribió.
morbo. (Del lat. morbus). 1. m. enfermedad (‖ alteración de la salud). 2. m. Interés malsano por personas o cosas. 3. m. Atracción hacia acontecimientos desagradables.
O sea que estamos enfermos, nuestro interés es malsano y nos sentimos atraídos hacia acontecimientos desagradables. ¡Menudo retrato!

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No estoy del todo seguro

pero creo que sí.
Los muchos libros (El defensor).
En este Olimpo de mostruos hay uno tan grande como el que más, el monstruo de la cantidad. El es el que nos invita a resbalar hacia la catástrofe, poniéndonos a los pies de ese desfiladero, esa falaz ecuación: más, igual a mejor. Ajustémonos a semejante insidia, y la vida del hombre consistirá en aumentar y no en mejorar, en acrecentar, no en perfeccionar. Don Juan contra don Quijote: la lista de mujeres conquistadas, el número, sin nombres, las cualquieras, contra la mujer de perfección, contra la única, la super Aldonza, Dulcinea, que podría cantar, si no es irreverencia, las palabras de la zarzuela: “yo no soy una cualquier”. El ser humano contemporáneo tiende a realizarse en el número, por donde quiera que se mire; la forma que en él toma la lucha con el destino es la de una pugna por los números. Y así, en el orden de la cultura intelectual, se encuentra en una de tantas vías muertas, de su propia hechura: perdido, extraviado entre los libros. Quiere decirse, entre lo que los libros tienen dentro: las ideas, las teorías, los poemas, las relaciones, todos los productos escritos, ya sabios, ya primorosos, de la experiencia humana, de la cultura. El hombre está perdido en el centro de la cultura. Y es, como nunca, monstruo de su laberinto, el laberinto de lo monstruoso. Quizá se tilde de bárbaro a cualquiera que se atreva a insinuar que la sobreabundancia de libros, sin más, puede ser tan lesiva para la cultura como la escasez. Consuele en este caso, el tener por precedente de nuestra barbarie, nada que hace ya un siglo, a Edgar Allan Poe, que escribía, en su “Marginalia”: “La enorme multiplicación de los libros, de todas las ramas del conocimiento, es uno de los mayores males de nuestra época”. Pero es un hecho que la copiosidad creciente de material impreso que solicita a diario nuestra atención y nos hace llamadas a gritos – los colorines de las portadas chillonas – desde los escaparates, coloca al hombre moderno en un apuro: ¿cómo entendérselas con esta multiplicidad? Bien mirado, es un problema de distribución: lo que hay que distribuir es el tiempo. Se trata de leer muchos más libros de los que leía un elenco del siglo XIII, un culto del siglo XVII o un enterado del siglo XIX, dentro de los mismos trancos de tiempo en que al hombre se le ofrece la vida, en veinticuatro horas por día. Porque en esto de la lectura y de los libros también el hombre se encuentra afrontado con el gran protagonista de la tragedia moderna, el tiempo. A primera vista, pues, el problema se plantería así: ¿Cómo se las puede componer el hombre hoy para ller tanto libro en tan poco tiempo? Pero acaso antes de aceptar prima facie esa formulación, conviene que se hagan algunas reservas.
Pedro Salinas (1954)

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Si los blogs fueran diarios de youtube.

Lo que se quiere a un hijo no se puede explicar con palabras. Entonces, ¿para qué he empezado a escribir? ¿Para sentirme un inútil, un incapaz, para justificarme, para sacar un tópico y compartirlo con los cuatro bobos que se dejan caer por el blog, que ahora son tres porque uno se ha picado por llamarle así? ¿Para qué entonces? ¿No sería mejor poner una foto mía mirando a mi hijo y que esa imagen valiera más que mil palabras? ¿Sería capaz de salir bien en la foto? ¿Quién me la haría? ¿Mi propio hijo? Pero si apenas tiene tres meses, ¡cómo va a hacerla tu propio hijo, pedazo de merluzo, que pareces más tonto que mandado hacer! Y así termina este artículo, en que queda sin demostrar que el amor a un hijo no se pueda explicar con palabras, pero en el que queda claro, que estoy espeso, muy espeso esta mañana. Espeso y vago.

Martes o miércoles


El lunes empezó la semana. Como siempre. Manías del lunes. Hoy es miércoles. El miércoles no es tan maniático, ¡qué majete! Mañana es jueves. Siempre en medio. Y para el viernes quedan dos días. ¡Cuánto tiempo! Me apetece el fin de semana. Aunque es cansado. Mejor que llegue el lunes. O el miércoles. ¡Qué majete! O el martes.

Es tarde

No es lo que queríamos. No es lo que queremos. Ha sido lo que ha sido. Ha sido lo que es. Tenemos que chincharnos. Tenemos que habernos chinchado. Un avión desparece en medio del Atlántico y no hay manera de saber qué nos hace sentirnos más tristes. Que desaparezca, que haya tenido un accidente, que muera una cifra determinada de personas, que mueran personas que viajan como nosotros, leen periódicos como nosotros, tengan sus parejas, sus proyectos, sus inquietudes, sus filias y sus fobias, como nosotros. No sabemos qué sentimos cuando muere otro. No sabemos lo que sentimos cuando muere alguien que no conocemos. No sabemos lo que sentimos cuando muere alguien que no hubiéramos conocido nunca. Yo al menos no lo sé. Querría. Querría saberlo. Tener tiempo para poder pensar en ello. Escribirlo. Contarlo. Compartirlo. Contrastarlo. Conocerlo. Pero no en carne propia. Quiero que se mueran los otros. Quiero no ser yo el que ha muerto. Eso quiero. Sí, eso siento. Siento que no he sido yo. Y me gusta. Eso es lo que me da tiempo de saber. Son las 17:27 horas y llego tarde. No sé a dónde ni para qué voy. Pero llego tarde. Ya estoy llegando tarde. Muy tarde. Quizás no llegue.

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